Todo se lo debo a un señor.
Me pidió aventón desde que salí de mi casa. Antes de subir al coche, lo vi camanindo para allá (para adelante), pero en cuanto escuchó que iba a arrancar, se volteó y me pidió con señas que le ayudara con la subida. Como lo vi ya de cierta edad avanzada, decidí acceder a su petición de inmediato. Le pregunté a dónde iba y me contestó, pero ya no me acuerdo. Luego vimos que mi destino lo acercaba muchísimo a este lugar que ya olvidé y nos fuimos hasta casi casi la oficina.
Justo tuve sólo que hacer una pregunta y él se encargó de llenar el resto del trayecto con sus barbaridades. Hablaba y hablaba, decia mucho pero yo ni madres que entendía. Es que él tampoco sabía muy bien de lo que hablaba. Del IMSS, de un cometa, del reparto de utilidades, de los dolares, los costales de harina, los trucos de los sindicatos, las computadoras, la falsificación de documentos, de su esposa (pero de ella nomás un poquito) y de los pesos.
Con tanta palabra sin un fin más que el de salir, ser dichas y escuchadas, me quedó muy claro que se tomó un papel como de taxista pasajero. Hablar y decir y volver a hacerlo otra vez... de nuevo, pero sin repeticiones para amenizar el camino.
!!Y QUE LO HIZO!! No sólo con el camino, también con mi día.
En fin, la plática que tuve en la mañana fue casi como está crónica...
Ahora voy a dar más aventones, sí me cae la gente.
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